La quinta Marcha Federal Universitaria reunió este jueves a estudiantes, docentes, y organizaciones sociales frente al Congreso, en una jornada atravesada por la lluvia, los carteles y los reclamos por la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario. En medio de la movilización, hubo enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y los gases lacrimógenos alteraron el clima de la concentración y llevaron a algunos manifestantes a retirarse antes de lo previsto, mientras los incidentes continuaron hasta pasadas las 19.00.
Eliana Bold llegó con un amigo y estaba cerca del escenario. Habían pasado buena parte de la tarde en la movilización cuando comenzaron los gases lacrimógenos para dispersar a un sector de los que protestaban. El aire se volvió difícil de respirar y, mientras intentaba hablar, tosía y se frotaba los ojos.
“Estábamos pegados al escenario y empezamos a escuchar los tiros. Estamos desde las 14 y, cuando arrancaron a hablar, empezaron a tirar gases. Se escuchaban balas de goma, pero no sé si eran así”, relató a Clarín con la voz entrecortada por la irritación.
Eliana cuestionó lo que estaba ocurriendo en una jornada convocada para reclamar por la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario. “Es una marcha pacífica y me parece horrible que estén haciendo esto”, dijo mientras el aire con gas llegaba con más fuerza.
Germán también había ido a la marcha por su cuenta, junto con otros manifestantes autoconvocados. “A mí me pasó que tenía una persona con un libro, re tranquila, y a media cuadra venían tirando gases lacrimógenos. Nosotros somos autoconvocados, nadie nos trajo venimos porque entendemos el reclamo y nos parece una locura esto”, relató.

“Es un día de lluvia. Me parece un orgullo que estemos acá, pero a la vez me pone triste que tengamos que pasar por esto”, dijo.
“Escuchá eso”, señaló, en referencia a los sonidos que identificaba como tiros. Entre los manifestantes había personas que habían llevado barbijos, o se hacían una especie de máscaras improvisadas con su propia ropa. La protección no parecía suficiente para quienes quedaban expuestos al aire cargado de gas. La irritación en los ojos y la tos se sumaban al ruido y a la incertidumbre sobre lo que estaba pasando en los distintos sectores de la movilización.
Poco a poco, parte de la gente comenzó a retirarse de la plaza.
Las historias de la marcha
Antes de los gases lacrimógenos, miles de personas marchaban hacia el Congreso. Entre carteles hechos a mano estaban las historias de quienes decidieron marchar por la universidad.
Para algunos, defender la universidad pública era una forma de agradecer una oportunidad que cambió la historia familiar. Para otros, una lucha que los acompañaba desde la adolescencia y que, según cuentan, vuelve a hacerse necesaria frente al reclamo por el financiamiento universitario.
Entre quienes marchaban está Valentina Deroco tiene 22 años y vive en Lomas del Mirador. Estudia bioquímica en la UBA. Además de estudiar, trabaja en una gráfica y hace changas para poder aportar dinero en su casa.
Pero hay algo que, dice, no está dispuesta a resignar: su lugar en la universidad pública. “Siempre quise ingresar a la UBA, no importa qué tan lejos esté, porque me da la oportunidad que ninguna otra facultad me puede dar”, explica.

Su elección va más allá de una cuestión académica. Valentina es la primera generación universitaria de su familia y sabe lo que representa para sus padres que pueda obtener un título. “Mi papá siempre quiso estudiar y nunca pudo, porque el nivel económico de su familia no se lo permitió”, cuenta. Ahora, dice, sus padres están haciendo todo lo posible para que ella pueda cumplir ese sueño.
“Yo quiero darle ese orgullo, porque mis papás están dándolo todo para que yo pueda estudiar y recibirme. Así que quiero hacerlo por ellos y por mí también”, dice.

Ana Longoni ingresó a Filosofía y Letras de la UBA en 1984, durante el retorno de la democracia. Tenía 17 años y empezó a participar de las movilizaciones estudiantiles en una época que recuerda como conflictiva para las universidades.
Hoy es investigadora del CONICET y profesora de esa misma facultad. Cuando mira la marcha de este jueves, encuentra continuidades con las movilizaciones que conoció durante su juventud: los reclamos por presupuesto, los pedidos de aumentos salariales para docentes y no docentes y la defensa de la universidad pública.
“Me acuerdo cuando Domingo Cavallo mandó a los científicos a lavar los platos. Nosotros, en forma de protesta, armamos una acción lavando platos en la calle, como un modo de asumir ese estigma y convertirlos en modo de protesta. Siempre participé en las marchas para apoyar a la educación pública”, recuerda.
Esa memoria histórica convive con su preocupación por la situación actual. Según explica, los salarios docentes están “prácticamente a la mitad” de lo que eran hace tres años. Y considera que el escenario remite a momentos anteriores de conflicto, aunque con características propias.
“Estas cinco marchas universitarias y todas las marchas que están saliendo a la calle, a pesar del protocolo antipiquete, me parecen muy importantes como un modo colectivo de responder a las políticas del Gobierno y a su objetivo de destruir la universidad pública”, sostiene.
Mientras observa a los jóvenes que participan de la marcha, vuelve sobre su propia historia. Ella también tenía 17 años cuando empezó a movilizarse para defender la universidad. Ahora espera que quienes tienen esa edad se sumen y sostengan el reclamo.

“Ojalá que esos jóvenes que tienen la edad que tenía yo cuando iba a marchar siendo una estudiante también se sumen para que este movimiento tenga mucho peso”, dice.
Por su parte, Inés es psicóloga de la UBA y también es primera generación universitaria en su familia. Su historia comienza mucho antes de sus años de ejercicio profesional: su padre era obrero gráfico, su madre costurera y ella creció en una vivienda compartida con otras familias.
“Yo estudié en mi casa, que era un conventillo”, cuenta. Para poder sostener sus estudios, trabajó. Sus padres también la ayudaron. La universidad fue una oportunidad que construyó con esfuerzo, en un contexto familiar en el que acceder a un título universitario no era algo dado de antemano.
Su hija Laura la acompañó durante la marcha y, al escucharla, agregó una frase que resume parte de ese recorrido: “Ella estudiaba en un conventillo viviendo con un montón de familias. De abajo, bien abajo viene”.
Inés conoce las movilizaciones universitarias desde hace décadas. Cuando le preguntan desde cuándo marcha, menciona la época de la Noche de los Bastones Largos, en 1966, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. “Yo estuve en todas”, dice, mientras hace un gesto con las manos para expresar cuánto tiempo lleva participando.
“Les molesta que haya gente pensante, que la gente tenga un pensamiento crítico”, sostiene.
La lluvia acompañó buena parte de la jornada y, hacia el final, los gases lacrimógenos obligaron a algunos manifestantes, que habían llegado desde distintos puntos del Conurbano y la Ciudad, a dejar atrás sus carteles, bombos e historias.
AA









