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martes 13 de octubre de 2026

Un simulacro diplomático para enfriar la Tierra terminó en un desastre

La geoingeniería solar podría dar un respiro frente al cambio climático… o abrir la puerta a una nueva y peligrosa carrera armamentística. Una primera simulación muestra qué podría ocurrir cuando la geopolítica entra en juego.

Fuente Wired 15 min de lectura 1
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A la hora de decidir el destino del planeta, Colleen Golja siempre pensó que la ciencia y la razón tendrían voz y voto. Eso fue hasta una mañana de septiembre en Londres, cuando esta investigadora climática participó en el primero de una serie de simulacros de guerra. El objetivo era evitar una carrera mundial descontrolada por desarrollar una tecnología destinada a enfriar el planeta, pero que conlleva enormes riesgos desconocidos que podrían transformar la vida en la Tierra.

"Pensaba que sería algo muy sencillo. Todos nos pondríamos de acuerdo para llevar a cabo una investigación ética y asegurarnos de que fuera por el bien de toda la humanidad. Vaya que me equivoqué", explica a WIRED.

La simulación, titulada "Exploración de puntos de inflexión geopolíticos y estrategias de enfriamiento climático", reunió a varias docenas de expertos en relaciones internacionales, científicos, personal militar y exfuncionarios de todo el mundo en una sala de reuniones de la Universidad Queen Mary de Londres. Después de presentarse mientras tomaban café y yogurt, los participantes ocuparon mesas dispuestas en forma de cuadrado, cada una identificada con el país u organización que representaban: gobiernos nacionales, ONG climáticas, organizaciones sin fines de lucro, grupos indígenas y empresas tecnológicas.

A Golja le correspondió brindar asesoría técnica para ayudar a los participantes a tomar decisiones respaldadas por evidencia científica.

El objetivo del juego era poner a prueba la respuesta mundial ante un conjunto de tecnologías potenciales conocidas colectivamente como "modificación de la radiación solar". Estas tecnologías prometen revertir el calentamiento global reflejando una parte de la luz solar que llega a la Tierra, por ejemplo, rociando partículas de dióxido de azufre u otra sustancia sintética en la atmósfera. El efecto de enfriamiento de este tipo de geoingeniería solar está ampliamente respaldado. Imitaría los conocidos efectos de las grandes erupciones volcánicas, que enfrían temporalmente el planeta medio grado o más. Pero las consecuencias son menos seguras y menos equitativas.

Algunas regiones se verán afectadas: los modelos predicen una mayor sequía en el África subsahariana y tormentas tropicales más intensas en el Atlántico. Además, el efecto de enfriamiento solo duraría mientras se mantuviera la geoingeniería; después, la temperatura global podría volver a dispararse con efectos imprevisibles y difíciles de predecir.

Hasta hace poco, la radiación solar era un nicho especulativo de la ciencia climática

Pero eso ha cambiado rápidamente. Las empresas privadas están explorando la geoingeniería solar como una oportunidad comercial: el año pasado, una startup estadounidense-israelí llamada Stardust Solutions recaudó 60 millones de dólares y, en mayo, dio a conocer los detalles de un conjunto de nuevos inventos que "darían a los seres humanos la capacidad de reducir la temperatura global según se desee". En agosto, Elon Musk, cuya empresa SpaceX podría ser una candidata para llevar a cabo intervenciones de geoingeniería, se pronunció a favor de la geoingeniería solar, escribiendo en X: "Se necesitarán satélites espaciales para controlar la temperatura y una geoingeniería a gran escala, o se acabará el juego".

El mundo va a tener que tomar decisiones sobre cómo regular esta tecnología mucho antes de lo que la mayoría de los responsables políticos imaginan, declaró a WIRED Cynthia Scharf, exasesora de la ONU: "No será dentro de quince años; será en la próxima década".

En este contexto, Danielle Young, profesora adjunta de relaciones internacionales en la Universidad de Leeds, organizó el juego de simulación. El escenario era un comité de la ONU convocado a toda prisa y encargado de coordinar la respuesta internacional a los avances en geoingeniería solar. El juego se desarrolló a través de reuniones simuladas ambientadas en tres momentos distintos: el presente, septiembre de 2027 y septiembre de 2028. En cada etapa, la apuesta se iba elevando, y los creadores del juego introducían nuevos avances en la tecnología de reflexión de la luz solar. Al igual que en la vida real, nadie conocía todos los hechos, y los participantes tenían que responder a acontecimientos que acercaban al mundo a un intento a gran escala de desplegar tecnología de geoingeniería solar, incluso cuando tal vez no tuvieran una visión completa de lo que realmente había ocurrido, o de lo que estaban tramando los demás.

La primera sesión marcó la pauta. La desconfianza y la desinformación dominaron el ambiente. Mientras los participantes debatían las normas que regían los experimentos al aire libre en un intento por alcanzar un acuerdo internacional, los jugadores que representaban tanto a EE UU como a China comunicaron al grupo que no podían firmar un acuerdo que limitara su labor de investigación considerada de "interés nacional". Tampoco podían aceptar un acuerdo que permitiera a su rival superpotencia tomar la delantera tecnológica. En declaraciones a WIRED, Jeffrey Nielsen, un comandante del Ejército de EE UU que interpretó el papel de agregado de seguridad nacional, resumió la postura diciendo que "peor que no llegar a ningún acuerdo es cualquier acuerdo que favorezca a China".

Las tensiones se intensificaron cuando el equipo que dirigía la simulación entregó a los delegados rusos un "informe de inteligencia" en el que se indicaba que habían encontrado un avión cerca del estrecho de Bering que se creía que estaba involucrado en un programa de investigación de geoingeniería de EE UU. El equipo estadounidense que estaba realizando misiones de investigación acusó a Rusia de desinformación.

Mientras tanto, Estados Unidos empezó a sospechar que China también realizaba investigaciones y desarrollaba su propio programa. Los representantes de Pekín habían intentado incluir en un acuerdo en discusión una cláusula que impidiera imponer sanciones retroactivas por experimentos realizados anteriormente. A continuación, China se dirigió a un participante que representaba a SpaceX para plantear la idea de un programa de intercambio de tecnología. En una conversación privada al margen del grupo, el jugador de SpaceX informó inmediatamente al equipo estadounidense de la propuesta china. Estados Unidos exigió una investigación internacional. Las acusaciones mutuas continuaron y los países abandonaron las negociaciones. El representante canadiense lo calificó de "derrota humillante".

Al final de la sesión, Nielsen estaba eufórico. Había desenmascarado a China y frustrado cualquier posibilidad de un acuerdo global. Declaró a WIRED que se trataba de una "victoria descomunal" para los estadounidenses. Sin embargo, Young, el investigador que diseñó el escenario, afirmó que los chinos no estaban realizando experimentos en el juego. La desconfianza mutua provocó que todos abandonaran la sala creyendo que los demás se estaban apresurando a desarrollar su propia capacidad de geoingeniería.

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Siempre es una batalla entre China y EE UU

Lo que ocurrió en la primera sesión reflejaba "la probabilidad de una carrera armamentística en materia de geoingeniería", afirma Nielsen, quien aclaró que hablaba con WIRED a título personal y no en representación de las opiniones del gobierno de EE UU. La mayoría de los expertos coinciden en que se necesitaría el alcance de una superpotencia para garantizar el paso seguro de los aviones necesarios para lanzar cargas de polvo a la estratosfera en un ejercicio de geoingeniería. Pero ni EE UU ni China cederían a la ligera el control sobre el "termostato global", menciona Nielsen, y la desconfianza y la falta de comunicación suponen un riesgo significativo: "Cualquier acción relacionada con este tema por parte de uno de los actores puede ser percibida como una mala intención por el otro".

La amenaza de quedarse atrás respecto a un rival es "un motor muy potente para la investigación y el desarrollo de capacidades. Pero eso no es en absoluto lo mismo que el despliegue", declaró a WIRED un exdiplomático británico con experiencia en seguridad nacional. Existen similitudes con la dinámica de las armas nucleares, aunque estas tiene ventajas más evidentes, así como inconvenientes, muchos de los cuales aún no se comprenden bien. "Aquí existe una interdependencia. No significa que para que uno gane, otro tenga que perder", afirma el exdiplomático, que no participó en el juego y habló bajo condición de anonimato para preservar sus relaciones.

Scharf, que representó al gobierno estadounidense junto a Nielsen en el juego, argumentó a WIRED que una colaboración internacional científicamente transparente entre China y EE UU, es una opción viable para evitar la competencia peligrosa entre ambos. "Pero no puedo imaginar que eso ocurra bajo la administración de Trump".

A esto se suma la falta de información. La geoingeniería ha sido vista históricamente con recelo y, a menudo, ignorada por la corriente científica dominante. Un investigador declaró a WIRED que había sufrido destierro político y se había topado con obstáculos para su progresión académica debido a su interés por esta tecnología; ya no trabaja en este campo.

Esta falta de interés científico frustró enormemente a Golja, que pasó gran parte del proceso observando como una simple espectadora mientras predominaban las posturas políticas. Dado el escaso conocimiento que existe sobre la modificación de la radiación solar y sus efectos secundarios, ella era una de las pocas expertas que podía ayudar a los participantes a comprender las repercusiones climáticas de lo que estaban debatiendo; sin embargo, fue ignorada en gran medida. "Me sorprendió muchísimo lo poco que a nadie le importaba realmente la ciencia", indica.

En las sesiones siguientes, los organizadores intentaron reorientar las conversaciones hacia las realidades del cambio climático. Los participantes recibían frecuentes notificaciones sobre desastres climáticos. Estas apenas llamaban la atención. Golja había preparado un "emulador", una demostración práctica basada en los mejores datos científicos disponibles sobre cómo la gestión de la radiación solar podría afectar a los patrones meteorológicos en diferentes regiones. Fue ignorado. Si los representantes de los países le preguntaban algo, solía tratarse de una pregunta capciosa con la que buscaban datos que sirvieran a sus fines o que presentaran la propuesta de un rival como imprudente.

Luego, durante el último día, los participantes intentaban encontrar una forma de responder a los informes que indicaban que se había detectado una gran nube de aerosoles. En el juego, esto había sido provocado por una prueba conjunta de Estados Unidos y Arabia Saudí de la tecnología de Stardust, aunque no todo el mundo lo sabía. Por último, el asesoramiento científico era muy valioso. Los países necesitaban saber cómo establecer una red de vigilancia con satélites y otras herramientas de observación para evitar que pruebas como esta se llevaran a cabo en secreto. Una jugadora que representaba a una ONG llamada Climate Futures Cooperative (CFC) se acercó a Golja y le ofreció dinero para financiar dicho proyecto.

"Genial. ¿Por qué no iba a hacerlo?", recuerda haber pensado.

Pero pronto se supo que la CFC estaba respaldada por la industria de los combustibles fósiles. Los organizadores habían reconocido que las empresas petroleras y los principales países productores, como EE UU y Arabia Saudí, tendrían un claro interés en eliminar las barreras al desarrollo de una tecnología que pudiera combatir el cambio climático sin tener que dejar de quemar carbón, petróleo y gas de inmediato. La oscura ONG se pasó todo el juego echando a perder sutilmente el ambiente y criticando el proceso, aunque en su mayor parte se limitaron a quedarse al margen y dejar que las cosas se estropearan. Rusia, EE UU, SpaceX y Stardust se dieron cuenta de que la CFC no era lo que parecía, afirma Young. "Pero consideraron que les beneficiaba y no le prestaron atención". Entonces, la CFC eligió el momento oportuno para ofrecer dinero a Golja, con el único fin de minar su credibilidad, aislando y fragmentando la voz de la ciencia en la sala.

"Fue un auténtico desastre", dice Golja. Esa última lección sobre los combustibles fósiles fue todo lo que Golja pudo soportar. Al final del último día, estaba llorando.

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En ningún momento los países participantes en la simulación llegaron a un acuerdo

Los países europeos y Canadá intentaron conseguir apoyo para las salvaguardias y la investigación científica abierta, pero las negociaciones se estancaban debido a tácticas dilatorias y derivaban en tensos enfrentamientos por intereses estratégicos contrapuestos. En su informe final, los investigadores que llevaron a cabo la simulación, cuyo trabajo fue patrocinado por la Agencia de Investigación e Invención Avanzadas, financiada por el gobierno de Reino Unido, concluyeron que "la competencia estratégica y la soberanía estatal fueron los motores de las simulaciones, no las preocupaciones climáticas".

Simulaciones como esta no pretenden predecir el futuro. Los resultados dependen del diseño del juego y de las personalidades y la experiencia relativas de los participantes. Muchos de los presentes carecían de experiencia de primera mano en materia de diplomacia y seguridad nacional. Es posible que el foro de la ONU, elegido por los organizadores como escenario del juego, tampoco sea tan eficaz como las conversaciones entre grupos más reducidos de países importantes. Sin embargo, el experimento de Londres tuvo eco y repercusiones en el mundo real, tanto durante los meses en que se desarrolló como posteriormente.

En marzo, dos informes de think tanks conservadores estadounidenses instaron a la administración Trump a tomar la iniciativa en la modificación de la radiación solar y a contrarrestar la amenaza de China. Uno de ellos invocó de forma memorable un nuevo término inspirado en el lema MAGA (Make America Great Again): "soberanía meteorológica". Este mes, el periódico londinense The Observer reveló que el Ministerio de Defensa del Reino Unido había pagado a una consultora de seguridad especializada en deep tech para que llevara a cabo una investigación sobre la reflexión de la luz solar. Posteriormente, el gobierno británico publicó su primer documento oficial de política en este ámbito, en el que respaldaba la continuación de la investigación, pero afirmaba con firmeza que no apoyaba su implementación y que "no tiene previsto hacerlo". Stardust ha continuado con sus actividades de presión ante los gobiernos de EE UU y de todo el mundo; su CEO, Yanai Yedvab, declaró a WIRED que su labor se estaba volviendo más fácil, ya que, a diferencia de antes, "la mayoría de los responsables políticos… ya conocen esta tecnología".

Stardust siempre ha mantenido que no llevará a cabo experimentos a gran escala al aire libre, y mucho menos un despliegue completo, antes de que se establezca una gobernanza global. "Estamos desarrollando una herramienta muy potente. Cuando se desarrolla este tipo de tecnología tan potente, y hay muchos precedentes, los intereses nacionales entran en juego. No somos ingenuos", refiere Yedvab.

Los factores que impulsan la crisis climática se están intensificando

Durante el transcurso del juego, los esfuerzos por reducir el uso de combustibles fósiles se veían socavados por el aumento de los costos energéticos y la hostilidad política. Semana tras semana, un verano increíble de sequía y calor azotó Europa. En la última semana de agosto, el derrumbe de un glaciar en la frontera entre el Tíbet y Nepal cumplió las profecías de décadas de los científicos climáticos, causando la muerte de más de 1,450 personas.

En los meses transcurridos desde que terminó la simulación, Golja se ha replanteado muchas cosas. En un tablón de corcho situado detrás de su escritorio, colgó una nota dirigida a sí misma en la que expone una visión de la vida en un mundo gobernado por estrechos intereses geopolíticos en lugar de por la ciencia, las pruebas y la razón.

Tiene pensado volver a la pequeña localidad costera de Connecticut donde creció y utilizar sus conocimientos para ayudar a los grupos locales dedicados al clima a construir barreras contra la erosión costera. Después de lo que vio, dedicarse a la ciencia con la esperanza de influir en las decisiones globales ya no le resultaba tan atractivo: "Ahora lo siento un poco más personal".

Artículo originalmente publicado en WIRED.com. Adaptado por Alondra Flores.

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