Un jaguar puede atravesar bosques, sabanas, zonas agrícolas e incluso paisajes transformados por las personas. Pero para que las poblaciones de esta especie puedan mantenerse conectadas no basta con que existan grandes bloques de selva: también hacen falta caminos que permitan a los animales desplazarse entre ellos. Un nuevo estudio reconstruyó esos caminos a escala continental y encontró un panorama desigual. Mientras buena parte de Sudamérica mantiene una extensa red de conectividad, las poblaciones de México y Centroamérica aparecen mucho más fragmentadas.
La investigación, publicada en Global Change Biology, identificó 307 áreas núcleo —zonas donde se concentra el movimiento potencial de la especie—para el jaguar que en conjunto abarcan unos 7.75 millones de kilómetros cuadrados, equivalentes al 55% de su distribución actual. La mayor de ellas se extiende por unos 6.5 millones de kilómetros cuadrados entre once países y conecta cuatro grandes regiones ecológicas: Amazonía, Llanos, Chaco y Pantanal. En total, el estudio identificó 176 corredores potenciales entre las áreas núcleo, aunque la conectividad no es continua en todo el rango de la especie.
Para llegar a estos resultados, los investigadores utilizaron información de 172 jaguares equipados con collares GPS y 231,017 localizaciones registradas durante sus desplazamientos. A partir de esos datos construyeron modelos que estiman dónde se concentra el movimiento de los animales y por dónde podrían desplazarse entre esas zonas.
“Yo no esperaba encontrar un área tan grande”, dice Guilherme Costa Alvarenga, investigador brasileño de la Universidad de Oxford y autor principal del estudio. El hallazgo, sin embargo, también deja una preocupación: fuera de esa gran red sudamericana persisten poblaciones pequeñas y aisladas, y la conexión entre Sudamérica, Centroamérica y México sigue siendo incierta y débil.
Una red fuerte en el sur, pero con puntos de quiebre
El contraste más evidente aparece entre Sudamérica y la parte norte del rango del jaguar, en México y Centroamérica. El modelo basado en áreas núcleo muestra una gran red de conectividad que atraviesa la Amazonía, los Llanos, el Chaco y el Pantanal, y se extiende hacia otras regiones sudamericanas. Cerca de la mitad de las áreas núcleo identificadas se encuentra dentro de áreas protegidas o territorios indígenas.
El resultado es particularmente importante porque el aislamiento puede dificultar el movimiento y el intercambio genético entre poblaciones. Para Esteban Payán, especialista colombiano en jaguares, cofundador de la organización Panthera Colombia y coautor del estudio, la investigación confirma patrones que los especialistas ya habían identificado, pero aporta un nivel de detalle mayor porque utiliza información obtenida directamente de los animales.
“Los resultados son importantes, primero por la escala y también porque vemos que los corredores no son una línea recta, sino como una telaraña”, explica Payán. “Eso hace que [los jaguares] tengan varios caminos o conductos que vuelven al corredor mucho más resistente a la destrucción humana”
Uno de los puntos que considera más estratégicos está en Colombia: la conexión que atraviesa el Darién desde Panamá hacia el norte de Colombia y continúa hacia San Lucas y los Llanos. Conservarla, señala, permitiría mantener el flujo genético entre una gran cantidad de poblaciones de jaguar de Centro y Sudamérica.
En el modelo basado en áreas protegidas aparecen posibles conexiones entre el Darién, la Amazonía y otras regiones que no fueron detectadas por el modelo de áreas núcleo. Los investigadores consideran que ambas aproximaciones son complementarias: la primera representa de manera más realista la conectividad ecológica actual, mientras la segunda permite identificar oportunidades de conservación de largo plazo.
Pero los mapas tienen una limitación importante. Un corredor modelado es una ruta potencial, no una prueba de que los jaguares la estén utilizando. Por eso, los autores plantean la necesidad de validar estos resultados mediante monitoreo en campo.
Del mapa continental al paisaje que cruza el jaguar
Esa advertencia adquiere especial importancia en México. Sandra Petrone Mendoza, investigadora de WWF México y una de las coautoras del estudio, explica que los modelos son una simplificación de la realidad.
“Que estos modelos complementarios no estén identificando un corredor no significa que los jaguares de ninguna manera se puedan desplazar por aquí, sino que tenemos pocos datos”, describe Petrone. “Bajo estos supuestos, no hay una conexión suficientemente viable, pero también necesitamos incrementar nuestros esfuerzos de monitoreo en estos espacios para ver si efectivamente no hay jaguares que se estén desplazando”.
Rodrigo Núñez, investigador de la Universidad Michoacana y presidente de Proyecto Jaguar A.C., lleva esta discusión a una escala todavía más pequeña. En México, dice, buena parte del rango del jaguar está fragmentado fuera de la Selva Maya. El problema es que un modelo continental puede representar un corredor de decenas de kilómetros que, visto desde el suelo, atraviesa campos agrícolas, poblados u otros espacios poco adecuados para la especie.
Por eso, plantea la necesidad de estudiar los “microcorredores”, los pequeños fragmentos y pasos concretos que permiten a un jaguar avanzar de un parche de vegetación a otro.
“Mientras sean mapas no funcionan para nada”, advierte Núñez. Identificar un corredor es apenas el primer paso; después hay que determinar qué partes deben protegerse, cuáles necesitan restauración y cómo se desplazan realmente los animales.
En México, Núñez identifica como especialmente vulnerable la conexión entre las poblaciones del Pacífico de Oaxaca y Chiapas y las de Jalisco, con poblaciones intermedias en Guerrero y Michoacán que, según su experiencia, requieren acciones de protección y restauración. También destaca el Istmo de Tehuantepec como un paso estratégico para mantener el intercambio entre la Selva Maya y otras poblaciones mexicanas.
Mantener esas conexiones no significa solamente facilitar el movimiento de individuos, también permite conservar el flujo natural de genes entre poblaciones. Núñez advierte que el aislamiento no necesariamente provoca efectos inmediatos, pero a largo plazo puede favorecer diferencias genéticas entre poblaciones que antes estaban conectadas.
“Si llega a haber cambios genéticos en las poblaciones de animales, lo ideal es que sea natural, no que sea a causa de nosotros”, sostiene el especialista.
En el extremo norte de la distribución del jaguar, el estudio encuentra otra zona de incertidumbre. El modelo basado en áreas núcleo no identifica una conexión clara entre México y Estados Unidos, mientras que el análisis basado en áreas protegidas sí señala una posible ruta desde el noroeste de México hacia zonas protegidas de Arizona y Nuevo México.
“Si la construcción [del muro fronterizo entre ambos países] continúa, ocurrirá lo evidente: se obstaculizará el desplazamiento de la especie”, dice Costa Alvarenga. El especialista señala que actualmente no existe ninguna población establecida en Estados Unidos, sino que se ha detectado que hay individuos que se desplazan, exploran y permanecen allí un tiempo.
“La construcción del muro impedirá este movimiento y, en consecuencia, garantizará que ningún jaguar se establezca allí. Si el muro sigue adelante, habría que asumir que la especie se ha extinguido [en ese lugar], ya que los animales no podrán desplazarse más. Ese es el aspecto más crítico”, asevera el experto.
Sandra Petrone coincide en que esa ruta debe ser comprobada mediante monitoreo, pero considera fundamental mantener la permeabilidad de la frontera para permitir que los jaguares sigan dispersándose hacia el norte. El objetivo de largo plazo, explica, sería conservar las condiciones que permitan que algún día vuelva a establecerse una población residente en el sur de Estados Unidos.
Rodrigo Núñez recuerda que los jaguares que han llegado a Estados Unidos lo hicieron desde México y considera que esa recolonización natural muestra precisamente el valor de mantener la conectividad. Una barrera física puede interrumpir ese proceso.
La discusión sobre la frontera también revela que los corredores no tienen por qué atravesar exclusivamente áreas naturales protegidas. Esteban Payán señala que un jaguar puede desplazarse por fincas ganaderas, plantaciones o paisajes de uso mixto si existen condiciones que permitan el movimiento y si los animales no son perseguidos. Estos felinos no atacan a los humanos ante un encuentro. El reto no consiste solamente en conservar los grandes bloques de hábitat que todavía permanecen intactos, sino también en mantener permeable el espacio que existe entre ellos.
De los corredores en el mapa a los corredores que funcionan
El siguiente paso es comprobar qué ocurre en el terreno. Los investigadores plantean aumentar el monitoreo con cámaras y collares GPS, incorporar información genética y estudiar con mayor detalle las rutas que utilizan los jaguares y la frecuencia con que las recorren.
Núñez considera que la restauración puede ser parte de la respuesta. En trabajos previos realizados en los humedales de Marismas Nacionales —uno de los bosques de mangle más grandes de México, ubicado en Nayarit— han observado jaguares atravesando campos agrícolas incluso cuando prácticamente no queda vegetación. Esa experiencia le hace pensar que pequeños parches de vegetación natural, protegidos estratégicamente, podrían ayudar a conectar fragmentos mayores.
“Aunque el suelo esté completamente trabajado por los tractores, eventualmente los jaguares los cruzan”, agrega el especialista. “Eso nos da una esperanza de que, si les damos pequeños refugios a los jaguares —ya no decimos grandes extensiones, sino pequeños parches de vegetación natural, pero bien protegidos—, ellos se van a animar a cruzar de un lugar a otro”.
Para Esteban Payán, la propia capacidad de adaptación del jaguar ofrece una razón para no dar por perdidos esos paisajes. “Con un poquito de ayuda, el jaguar es bastante resiliente y podrá continuar en la mayoría, diría yo, de su rango”, concluye el especialista.
La conservación también deberá mirar más allá del jaguar. Núñez propone pensar en corredores capaces de beneficiar a varias especies, porque un paso que permite desplazarse a un felino grande puede no ser suficiente para especies de menor tamaño.
El desafío ahora es convertir esas rutas potenciales en conexiones que sigan funcionando para los jaguares en sus territorios.
“Creo que el mensaje que debemos llevarnos es que el hecho de modificar elementos —como la naturaleza, en este caso— no significa que no haya vuelta atrás”, concluye Costa Alvarenga. “Contamos con numerosos programas de restauración en marcha. Esa es la clave: garantizar que podamos mantener estas tierras conectadas, contando con la participación de todos los actores implicados, las comunidades locales y la sociedad en general”.
Artículo publicado originalmente en Mongabay LATAM.








