El riesgo de suicidio aumenta significativamente a medida que avanza la adolescencia: mientras entre los 10 y los 14 años las tasas se mantienen relativamente bajas, entre los 15 y los 19 alcanzan niveles considerablemente más altos y se profundizan las diferencias entre varones y mujeres. Así lo revela un nuevo análisis de UNICEF, que reconstruye la evolución del suicidio adolescente en Argentina durante las últimas tres décadas y advierte sobre la necesidad de políticas públicas para fortalecer la prevención y acompañar especialmente la transición hacia la vida adulta.
El suicidio es una de las expresiones más graves de mortalidad evitable durante la adolescencia. Y aunque los últimos datos muestran una disminución respecto del pico registrado en 2014, el fenómeno continúa siendo una preocupación de salud pública: la tasa entre adolescentes sigue por encima de los niveles de hace tres décadas y, al mismo tiempo, el riesgo aumenta con fuerza en la adolescencia tardía.
El análisis reconstruye tres décadas de evolución. Durante los años 80 y 90, la tasa entre los 10 y los 19 años se mantuvo estable y por debajo del conjunto de la población. Pero desde fines de los años 90 comenzó a aumentar, pasó de entre dos y tres suicidios cada 100.000 habitantes y llegó a un pico de 7,4 en 2014. Entre 2014 y 2024 la tasa cayó un 36% y llegó a 4,8 suicidios cada 100.000 adolescentes. UNICEF advierte que los niveles de 2024 son superiores a los registrados hace 30 años.
Mientras la tasa en adolescentes disminuyó, entre jóvenes de 20 a 29 años aumentó un 14%, al pasar de 12,8 a 14,6. El incremento es particularmente importante entre los 25 y los 29 años.
El salto después de los 15
La diferencia más marcada aparece entre la adolescencia temprana y la tardía. Entre los 10 y los 14 años las tasas se mantienen relativamente cercanas a lo largo del período analizado. Entre los 15 y los 19, en cambio, muestran una tendencia creciente más intensa.
El informe también identifica una fuerte diferencia por sexo. A medida que aumenta la edad, la tasa de los varones supera ampliamente a la de las mujeres: entre los 15 y los 19 años es 2,5 veces la de las mujeres. UNICEF plantea que las estrategias de prevención deben reconocer la diversidad de factores que afectan tanto a chicas como a chicos.
Es la etapa en la que se producen cambios importantes en los vínculos, en la relación con la familia, en la escuela y en las expectativas sobre el futuro. También comienza una progresiva salida de los espacios institucionales que durante la infancia funcionan como redes de contención.
Transición a la adultez
El Monitor “Suicidio adolescente” fue presentado este jueves en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires por Rafael Ramírez Mesec, representante de UNICEF en Argentina y María Elena Úbeda, Representante Adjunta.
Hubo un conversatorio en el que participaron Alejandra Barcala, Directora del Doctorado de Salud Mental Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús; Julián Onaindia, integrante de la Subcomisión de Salud Mental de la Sociedad Argentina de Pediatría; Matías Irarrázaval, Asesor Regional en Salud Mental de la Organización Panamericana de la Salud (OPS); y Agustín Yécora, Secretario de Salud Mental y Adicciones de la Provincia de Jujuy. La moderación estuvo a cargo de Silvia Fesquet, Editora Jefa de Redacción y del Área de Revistas de Clarín.
Barcala puso el foco en la transición a la edad adulta: "La escuela es central, organiza, hay adultos disponibles, pero ¿y después?”, planteó.
La escuela ocupa un lugar central en la vida de los adolescentes no sólo por su función educativa. También organiza tiempos, vínculos y rutinas y permite que los jóvenes estén en contacto cotidiano con adultos. Cuando esa presencia disminuye, puede aparecer un vacío. La transición hacia la vida adulta implica mayor autonomía, pero también puede significar menor contacto con el sistema educativo y con los servicios de salud.
“El aumento es dramático a partir de los 15 años, y es justamente cuando dejan de ir al pediatra. Son adultos jóvenes sueltos, están desprevenidos”, afirmó Onandia. Los adolescentes dejan de tener los controles habituales, pero todavía no necesariamente cuentan con un vínculo consolidado con el sistema de atención para adultos.
A esto se suma una dificultad de los propios equipos de salud. “Los pediatras no estamos entrenados para la salud mental, pensamos que se puede salir con voluntad”, señaló Onaindia. La prevención requiere entonces fortalecer la capacidad de los sistemas sanitarios para reconocer señales de sufrimiento y ofrecer respuestas adecuadas, pero también generar dispositivos específicos que eviten que los adolescentes y jóvenes queden sin atención durante esa transición.
Más que las muertes
El suicidio es la expresión extrema de un problema que incluye muchas otras situaciones que no aparecen en las estadísticas de mortalidad. Onaindia advirtió que “en estos números faltan los intentos de suicidio y las autolesiones”.
La prevención no comienza cuando aparece una conducta suicida. Requiere trabajar antes, identificar señales y contar con espacios donde los adolescentes puedan expresar lo que les ocurre. También exige involucrar a las familias, aunque sin suponer que todas tienen las mismas posibilidades de acompañamiento.
Onaindia planteó la necesidad de “alertar a las familias sobre los síntomas, que suelen ser psicosomáticos, armar dispositivos de intervención para que los jóvenes no queden abandonados” y reforzar los sistemas de salud. También advirtió que la familia no siempre constituye un espacio protector: “La familia a veces también es la causa de los principales problemas”.
Un fenómeno atravesado por desigualdades
El Monitor también pone el foco en la dimensión territorial. Los datos nacionales pueden ocultar realidades muy diferentes: algunas jurisdicciones concentran más casos simplemente porque tienen una mayor población adolescente, mientras otras presentan tasas más elevadas en relación con la cantidad de jóvenes que viven allí.
La diferencia entre cantidad de casos y tasa permite identificar con mayor precisión dónde el problema tiene mayor magnitud y dónde afecta proporcionalmente a más adolescentes. Las tasas jurisdiccionales más elevadas se concentran en el norte del país.
UNICEF plantea que las estrategias de prevención deben ser intersectoriales y desarrollarse en los distintos niveles del Estado. Escuelas, servicios de salud, servicios de protección, espacios comunitarios y sistemas de información.
No se trata sólo de aumentar la atención psicológica o psiquiátrica. Las condiciones sociales también forman parte del problema.
“No es sólo un problema de Argentina sino de toda la Región. Los suicidios en el segmento de 10 a 24 años aumentan un 2% cada año. Es la única Región del mundo en la que están subiendo”, explicó Irarrázaval. Y señaló que sólo dos de cada diez personas que necesitan atención de salud mental la están recibiendo.
“Estas generaciones hablan mucho más de salud mental, quiere decir que somos los adultos los que estamos poniendo barreras”, afirmó.
La dificultad de acceso, sin embargo, no es exclusivamente sanitaria. También está condicionada por las condiciones materiales en las que viven los jóvenes. “Si hay carencias, problemas de vivienda y alimentación, ¿en qué lugar queda la terapia?”, preguntó.
Si el sufrimiento está atravesado por desigualdades sociales, las políticas destinadas a reducirlo también tienen que actuar sobre esas desigualdades. Irarrázaval planteó la necesidad de desarrollar habilidades socioemocionales y planificar desde una perspectiva interseccional: "No solo escuela y familia. También es un tema de vivienda, deporte, desarrollo social”, señaló.
Escuchar a los jóvenes
Barcala también cuestionó la tendencia a individualizar el problema. “Es un tema global, miedo, incertidumbre, fragmentación, desigualdad, desinformación… todo esto produce malestar, como la soledad estructural”, sostuvo.
“Los chicos, los jóvenes, no se sienten escuchados”, afirmó. Propuso pensar el suicidio como una problemática colectiva y no individual.
Y planteó una condición para que esas políticas sean efectivas: “Las políticas públicas deben hacerse escuchando a los jóvenes, y hay que construir sentido juntos. No se deben dar respuestas individuales a un problema colectivo”.
La idea coincide con una de las principales conclusiones del Monitor: la prevención debe comenzar durante la adolescencia, fortalecer acciones específicas para esa etapa y garantizar apoyo durante la transición hacia la vida adulta.
“Estamos hablando de muertes evitables, y si son evitables quiere decir que deben ser prevenidas”, dijo Onaindia. La prevención supone actuar antes. Y construir una red amplia como para que la transición hacia la vida adulta no implique que los jóvenes queden solos justo en el momento en que, según los datos de UNICEF, el riesgo comienza a aumentar.






