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sábado 10 de octubre de 2026
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Ganaron un importante concurso en Francia y armaron una ONG para que vendan las tejedoras del Norte

Valentina Bruno impulsó con otras cuatro jóvenes un proyecto reconocido por la Unesco y Dior. Con Instagram y WhatsApp, ya lograron que los tejidos ancestrales que hacen las mujeres de Jujuy se vendan por todo el país.

Fuente Clarin 7 min de lectura
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Un suéter de lana de llama que teje una artesana en un pueblito en la Puna llega a un precio competitivo a cualquier lugar del país y su hacedora obtiene una ganancia antes impensada. Una expresión del comercio justo, escrita en clave virtual y con impronta femenina. Y premiada, porque la impulsora del proyecto logró un importante reconocimiento de la Unesco y la marca francesa Dior.

Dream for Change es un programa de liderazgo para jóvenes creado por la agencia de educación de las Naciones Unidas y la firma de alta costura que cada año selecciona a 300 mujeres de todo el mundo. Este año, el primer puesto del programa lo ganó el proyecto Dreaming Hands, una iniciativa de la argentina Valentina Bruno (24), por “potenciar a las mujeres artesanas y la tradición del tejido”.

Eso es lo que hace Dreaming Hands (Manos que sueñan, en inglés) a través de un sistema muy sencillo de e-commerce. Desde su cuenta de Instagram @dreaminghands, se puede contactar por WhatsApp y acceder al catálogo de todas las prendas artesanales que tejen artesanas del Norte, con sus precios y, lo más importante, la historia de esa prenda y quién la hizo.

Así, por ejemplo, hay desde un chal de lana de llama en hilo doble que tejió Presentación Alancay en la comunidad de La Flor de la Rica Rica a $ 60.000, hasta una ruana de 1,62 de largo tejida en bastidor por Guillermina en la misma comunidad por $ 170.000, pasando por sweaters, bufandas, carteras, ponchos y elementos decorativos.

Las artesanas son también protagonistas de la comunicación de Dreaming for Change. En Instagram aparecen ellas mostrando su trabajo y contando sus historias. “El arte del tejido lo aprendí de mi abuela. Se dedicaba al tejido, al cuidado de su ganado, de llamas y ovejas, que en la actualidad nosotros seguimos manteniendo eso. Es nuestro sustento, hasta ahora sigo viviendo con 40 años con ese objetivo”, explica justamente Guillermina.

La historia de cómo surgió este original proyecto es también singular. Valentina es licenciada en Relaciones Internacionales y en 2022 se mudó a Francia para realizar la doble titulación de la Universidad Torcuato Di Tella con el Instituto de Estudios Políticos de París. En ese tiempo, hizo pasantías en la Embajada Argentina en Francia, en Le Monde Diplomatique y trabajó en las Naciones Unidas en Nueva York. Terminó su master y en 2025 volvió a la Argentina a hacer su tesis.

Trabajando en la ONU, se interesó particularmente por los minerales críticos y por qué Argentina tenía que ser parte de las mesas de negociación. Decidió hacer su tesis sobre la gobernanza del litio y viajó al norte a entrevistarse con las comunidades y los gobiernos locales.

Valentina en París, con el reconocimiento que recibió por su proyecto Dreaming Hands.

Recorriendo pueblitos, en mayo de 2025 llegó a Barrancas, una localidad de 350 habitantes a 3.600 metros sobre el nivel del mar en Jujuy. “Recuerdo que había dos mujeres y un hombre. Él me dijo: ‘¡Ahí viene la periodista! Todos son como usted: llegan, toman notas, se van y no vuelven nunca más’”. Esa frase la tocó y la desafió.

También lo que les dijeron las mujeres: “A ellas no les interesaba hablar del litio; me querían contar su problema. ‘Nosotras no podemos vender. Solo nos compra un intermediario que luego vende nuestros tejidos en Purmamarca al cuádruple de lo que nosotras le vendemos a él’”. Les prometió que iba a buscar una solución. Y que iba a volver.

Valentina siguió su carrera y logró ganar el exigente concurso para ingresar al Institut National du Service Public de Francia. Siguió trabajando en su investigación sobre la gobernanza del litio, pero lo que le contaron las mujeres fue el insumo para otro proyecto paralelo, el que eligió para el programa de Dior/Unesco.

En la sede de Dior, con el resto de las premiadas en Dream for a Change.

“Mientras estaba en el trabajo, un día me llega un mail para ir en persona al evento en la sede de la Unesco en París. Allí parecía todo tan inmenso e imposible de llegar a la final”, recuerda. En ese evento ocurrió algo especial. Había 300 mujeres de entre 18 y 30 años y solo cinco eran de América del Sur. Valentina se sentó al lado de una de las otras cuatro.

Le preguntó de dónde era, y María Fernanda Dávila (27) le respondió que de Perú. "Cuando le pregunté qué quería hacer, me dijo: ‘Ayudar a las mujeres de comunidades indígenas de América Latina’. Yo no lo podía creer”, relata. Así empezó a gestarse Dreaming Hands. Luego se sumaron Catherine Boudreaux (27), de Estados Unidos, Fernanda Mollo Vega (24) de Chile y Lorena Rosas Iparraguirre (29), también de Perú.

Valentina cumplió. En Barrancas, Guillermina, una de las artesanas, juntó rápidamente a todas las mujeres tejedoras. “Confío en vos porque volviste”, le dijo. Grabaron entrevistas y empezaron a darle forma al proyecto, que por ahora solo funciona en Argentina aunque el objetivo es poder exportar. Y también expandir la iniciativa en la región: próximamente viajará con Fernanda a otras localidades del norte Argentino y a Chile, y María Fernanda y Lorena harán lo mismo en Perú, en la búsqueda de más comunidades que necesiten la ayuda de Dreaming Hands.

“Esta es una preocupación solo de las mujeres, ya que solo ellas realizan esta actividad. Aunque recientemente el hijo de una comenzó a tejer y ayudarlas a enviar los productos desde San Salvador de Jujuy a Buenos Aires”, cuenta.

Valentina con Lorena y María Fernanda en la sede de la Unesco. Su proyecto fue elegido por su aporte para empoderar a las mujeres.

El trabajo de las mujeres de Barrancas “combina patrimonio cultural con savoir-faire”, define. Para hacer un suéter, por ejemplo, tardan tres días. “Lo empiezo a tejer desde el cuello. Lo tejo hasta la sisa. Luego separo los puntos para las mangas y alzo los puntos para las sisas. Después tejo el cuerpo hasta el acordeón con una costura invisible. Luego alzo con 5 agujas las monjas y tejo las mangas con los puntos que se dejaron con 5 agujas con la costura invisible. Los suéteres que yo hago son sin costura”, describe Laureana, una de las tejedoras.

Pero el trabajo empieza mucho antes, ya que las mujeres también hilan, esquilan las llamas y las ovejas, y preparan los hilos con los tintes naturales que ellas mismas hacen, por ejemplo, a partir de la cáscara de la cebolla. “A veces no tienen el hilo y se lo piden prestado a una de sus compañeras, o lo compran”, agrega Bruno.

El aporte de Dreaming Hands a sus economías ya se percibe. Solo en el primer mes de ventas online, la comunidad reunió el equivalente a tres sueldos mínimos. Y ganaron un intangible: la puesta en valor de lo que hacen.

Los desafíos del proyecto, en esta instancia, pasan por lograr visibilidad para que la gente les compre a través de internet “y tal vez lograr un local físico para ellas en Buenos Aires”, se ilusiona Valentina. Además del fortalecimiento para apuntar a la exportación, otra demanda es tener profesoras que puedan capacitar a las tejedoras en ciertos temas puntuales para profesionalizarse.

“Creamos un modelo de ayuda que se puede replicar en cualquier lugar del mundo que sufra la misma problemática. Esto que vi en Barrancas no es un caso aislado: hay muchos como este en América Latina. Es solo cuestión de encontrar esas mujeres en comunidades cuyo trabajo ancestral hoy día no es visible”, plantea Valentina.

AS

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